No hubo mas remedio
que hacer noche en aquel páramo, donde el vendaval silbaba eternamente.
Compartía la explanada con nosotros un tablado en el que se balanceaban ,al
menos, una docena de ahorcados.
Era tan intenso aquel lugar que los
pensamientos lóbregos se hacían por breve tiempo materiales. Hubo pendencia al
fijar los turnos de la guardia pues allí nadie deseaba ser centinela de los
sueños de los otros. Al fin se fijaron por sorteo riguroso y bajo pena de
muerte. La fortuna quiso que yo formara parte de los durmientes y me dormí
mirando como los matojos miserables se agitaban ante la ira del
viento.
Soñé con la aniquilación de nuestra hueste y con amenazas
imponentes que convertían en inane cualquier miedo .
Al despertar, mis
compañeros, bestias y bagajes habían desaparecido. Me hallaba pues ,yo solo en
aquel páramo ,acompañado de doce ahorcados y el viento infinito .